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Ya les he contado en alguna ocasión que colecciono imágenes, las guardo en algún lugar de la mente entre el hipotalamo y el colodrillo.
Imaginen que tienen un erial inmenso al borde del mar, imaginen que tienen mucho dinero, tanto como para llamar a los arquitectos más importantes y mediaticos del mundo y ofrecerles hacer el edificio que le de la gana. Luego sacan agua de las entrañas de la tierra o de desaladoras igualmente costosas y ponen cesped y arbolitos por las avenidas. Si con esta breve descripción no se hacen una idea pueden miran la foto que encabeza estas lineas, así es Doha (new), la capital de Qatar, a la orilla del golfo Pérsico donde he pasado recientemente unos días en un festival de cine y la verdad es que no se que pensar, parece un decorado un forillo de los que se utilizan en las maquetas para las películas, faltaban los coches voladores, los humos y los replicantes de Blade Runner.
Dos son las imágenes que me he traido de allí para mi colección, y como casi siempre no he sido tan hábil como para capturarlas con mi cámara, así que les tendrá que bastar con mi descripción.
La primera es un mando a distancia de un televisor o un reproductor de dvd abandonado en una plataforma flotante en la playa junto al hotel en el que me hospedaba. Una imagen minimal y surrealista. Atardece y el calor no remite, después de una jornada de proyecciones me acerco a la orilla del mar, me meto en el agua y nado los doscientos metros que separan la playa de la plataforma, cuando subo para contemplar el sol ponerse por detrás de los rascacielos de la ciudad descubro el mando a distancia, la curiosidad me puede y como pueden imaginar le doy a los botones por si se activa una proyección de la luna o por si consigo rebobinar la puesta de sol, o si le puedo subir el volumen a las olas, pero nada de eso sucede... el surrealismo es así, no se explica, o será que se le han agotado las pilas.
La segunda imagen transcurre en un zoco de la zona comercial, lleno de tiendas, teterias y restaurantes al estilo occidental con un regusto arabe al fondo, serán los cafés turcos y las argilas que sirven en todas las terrazas. Es de noche y las familias quataries y los occidentales pasean disfrutando de una leve rebaja en los termómetros, paseo sin rumbo por las callejuelas del zoco que parece más bien un centro comercial o un parque temático y al girar una esquina descubro a una mujer cubierta de pies a cabeza por un niqab o velo negro que apenas deja ver los ojos, lleva guantes igualmente negros, tanto la figura como el atuendo son muy habituales en Qatar así como en otros países arabes de la región, lo que llama mi atención y es por lo que me quedo con la imagen para mi colección de rarezas es el flash de una cámara de fotos apenas reflejado en los negros y maquillados ojos de la mujer, que en un último y tierno acto de coquetería posa para congelar el recuerdo en el que apenas se reconocerá, o quizá si.
Sean Felices.
En mi reciente viaje al oriente saqué unas tardes para grabar desde la azotea de la casa donde me alojaba en Calcuta. Desde allí se veían tremendos atardeceres llenos de cuervos y cometas al son del moecin llamando a la oración de la tarde. El resultado es un corto documental que me han seleccionado en el Notodofilmfest.
Se aceptan comentarios.
Sean felices
Sabemos que lo estabas esperando, mirabas el calendario y no entendías por qué no había llegado ya… preguntabas a tu alrededor pensando que quizá, este año no estabas entre los elegid@s… tranquilo, se acabó la espera, ya esta aquí la felicitación navideña 2009/2010 de Lapierna. Este año más caribeña y sabrosona que nunca:
Nota: esta entrada del blog la escribí hace ahora unas siete semanas, a los dos o tres días de llegar, solo ahora he encontrado el motivo para publicarla. Pasen y lean.
Camino la Calcuta de las seis de la tarde, la de los autobuses ruidosos atestados que llevan gente que huele a fritanga barata y a sudor del día, la ciudad recién oscura de las lámparas de queroseno que señalan los puestos de calle donde los hombres se arraciman en torno al chai y el tabaco de mascar. La Calcuta brumosa cargada y sucia que envuelve la miseria sin poder ocultarla, la Calcuta donde cada esquina recibe a su miserable guardándolo hasta el siguiente amanecer en que lo vomita de nuevo a la corriente espesa y perezosa del ritmo de la ciudad.
Eso será mañana, ahora los cuervos descansan por centenas en las ramas de árboles retorcidos y cubiertos por polvo acumulado desde la última lluvia del monzón, o en las cornisas necesariamente sucias y amenazadas por marañas de cables que roban luz o teléfono.
En las aceras se suceden tenderetes de comida, familias enteras que duermen entre plásticos, alguna pareja suficientemente moderna para ir tímidamente cogida de la mano y bultos sin forma ni color que podrían ser humanos o no.
Camino la Calcuta de las seis y diez entre puestos callejeros de fruta escasa y repetida, plátanos, manzanas, plátanos, manzanas, plátanos... De las puertas de un hospital cercano salen por decenas familiares y enfermos buscando aire y un plato de comida, el bullicio no es ruidoso, es un colchón que eleva el umbral de ruido pero sin forma ni estridencia solo el continuo de los claxon puntualiza la sinfonía amorfa que acompaña la ciudad y al caminante.
En la acera a muy pocos metros de mi se abre una boca y luego unos ojos, la boca con dientes separados y sucios no habla, no pide, gime sin que nada salga de ella, los ojos invitan, pero no se a qué, me asusto y con un gesto ágil y cobarde me alejo sin entender lo que acabo de hacer. La mirada se me ha metido dentro, se me ha quedado pegada como un mal olor, se me ha prendido al pelo y me patea en el estómago. Compro algo de fruta buscando en ello un gesto cotidiano que aleje eses ojos, esa imagen de desolación infinita que ya me acompaña.
Me digo que yo ya he visto la miseria, que a mi esto no me puede afectar como lo está haciendo, quiero que se pase, estar tranquilo, en casa, ignorante, felizmente ignorante.
Como se que no puede ser desando el camino para volver al convento donde me hospedo, ya de lejos reconozco a la mujer tendida en el suelo, sin poder ahora evitar una extraña atracción la observo mientras me acerco, sigue en el mismo sitio inerte, no tiene nada, ni un atillo, ni una bolsa, ni una manta, nada.
Cargado con la fruta que acabo de comprar y con una culpa vergonzosa y absurda por tener cosas me planto delante de ella y le tiendo parte de los plátanos, los recibe con desgana, como entiendo que un cuerpo gastado puede hacer, y también con desgana pero con rapidez comienza a contarme lo que entiendo son algunos de sus males, se señala la pierna, escuálida y sin músculo, el abdomen y también el antebrazo, me hace ver que no puede andar, ese dialogo imposible me hace sentir mal e inútil, quiero de nuevo alejarme, debería no haber parado, no hay nada que yo pueda hacer, ella me demanda reteniéndome con sus manos, con el lamento de su voz y con esos ojos profundos y tristes, ese espejo negro de desolación que me asusta no por lo que ella me pueda hacer, sino por lo que muestra de mi ¿hasta donde quieres llegar? ¿hasta regalar unos plátanos a una mujer enferma tendida en la acera?. Me alejo espoleado por pensamientos horribles, por la vergüenza de no poder ayudar a un ser tan cercano y desvalido.
Y de nuevo intento comprar el silencio de la mente, aunque se que no llegará, me tomo una bebida de yogur y un pan con mantequilla en una tienda cercana, cena de pobre supongo que me intento convencer, rumio mis opciones y me debato entre tumbarme a llorar en la cama hasta que se me olviden esos ojos y salir corriendo de Calcuta y no volver jamás. Dejo que la mente deambule y haga sus infantiles propuestas, observo con atención mi malestar y me veo egoísta y miserable, pero tampoco me regodeo, no es la mejor opción para quitarse una mancha revolcarse en el barro.
Camino de nuevo la ciudad, sin plan, intentando ganar tiempo, pero ineludiblemente hacia ese agujero negro que me atrae y me da miedo, esta vez como si ella me estuviera esperando se coloca en un tierno y ultimo gesto de respeto el pañuelo sobre la cabeza, pero sus cabellos enmarañados por meses de calle y suelo lo impiden una y otra vez.
Me mira curiosa, intento preguntarle por el hospital a cuyas puertas se encuentra entiendo que no la recibieron, que no la trataron... no se lo que entiendo, intento pensar pero es de noche y no recuerdo donde están los hospitales de las Misioneras de la Caridad donde estuve hace cuatro años, le tiendo algunas rupias e intento explicarle sin éxito que mañana intentaré llevarla a un hospital, lo digo y se va convirtiendo dentro de mi en un compromiso.
De regreso al convento consulto con las hermanas que me indican una casa cercana donde el Padre Steve dirige un seminario, ellos recogen enfermos y ancianos de las calles para llevarlos a los hospitales, pero ya es tarde y tendré que espera a mañana.
Para llegar a mañana tengo que recorrer una noche que se convierte en un travesía con la mente agitada, las emociones me sacuden con fuerza y lo más amable de mi estado que puedo decir es que está angustiado, pasan las horas y entre la amargura sin prisa y sin pausa, con sorprendente fuerza se abre paso una sensación refrescante, tardo un poco en reconocerla, es una compasión sincera y profunda me hace una con esa mujer, con la desolación y el sufrimiento, que ya no me es ajeno. Por momentos crece en mi un agradecimiento tan grande que me sorprende, me reconforta y le da sentido a las últimas horas.