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Amores desde Madrid. Este blog también será una la ficticia búsqueda del trazado del río Eresma que hago a lo largo y ancho de la Tierra, por esta razón, en ocasiones 'verán' un contenido bastante surrealista, a sí que no se asusten y difruten conmigo de este viaje. |
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Llevo muchos años en Madrid. Aquí acabé la carrera, hice nuevos amigos, empecé a trabajar e incluso tuve un hijo. Sentirme, ser madrileño ha sido fácil durante todo este tiempo. Vivir aquí me cambió la percepción de inicial rechazo que los segovianos solemos tener -o al menos antes teníamos- al madrileño "invasor", ese personaje que viene en caravana a Segovia a comer con aire chuleta y prepotente. Nada más lejos de la realidad.
Al poco de aterrizar en la capital sientes que la gente de aquí es amistosa y, en muchos casos, acogedora. Es verdad que ésta es una ciudad dura, ruidosa, con atascos, contaminada, estresada, caótica y llena de gente de todos los sitios. Pero es precisamente esta última característica la que la hace muy humana. A nadie le importa de dónde vengas o qué eres, porque todo el mundo es de cualquier parte. Por eso eres bienvenido, eres uno más y enseguida te sientes cómodo.
Pero de un tiempo a esta parte, la sensación de comodidad ha ido desapareciendo. No es que el carácter del madrileño medio haya cambiado últimamente; es el paisaje que cada día se ve por muchas de las calles de Madrid lo que la está convirtiendo en un lugar cada vez más desagradable para vivir. Por todos lados te encuentras multitud de obras, zanjas o socavones. En un principio pensé que el Ayuntamiento también había decidido unirse a mi empeño de buscar el río Eresma en el subsuelo de Madrid. Poco tiempo después me di cuenta de que se trataba de gigantescas operaciones urbanísticas, que en un futuro serán útiles para los ciudadanos, pero que de momento hacen parecer a ésta una ciudad asediada, bombardeada, en guerra.
Las obras son un mal necesario y siempre han existido. De hecho son una de las señas de identidad de Madrid. Tanto es así que hace unos años el actor Danny deVito, que había llegado a la capital a promocionar una película, fue preguntado por un periodista cuál era su opinión sobre la ciudad. DeVito contestó “Madrid es muy bonita, pero lo será aún más cuando encuentren el tesoro”. Un crack.
Pues eso, que aquí siempre hay obras, pero lo de ahora es increible; gran parte de la ciudad está completamente levantada. Hace unos días, un amigo dejó un "post" en Facebook con unas fotos. El título del mensaje describía con sarcasmo la realidad cotidiana de todos los que vivimos en la capital. Seguro que conocen ese entretenido programa de Telemadrid que muestra la vida de algunos madrileños en distintas ciudades del planeta. Pues bien, inspirándose en él, este amigo mío "posteó" esas fotos de las obras de Madrid con el siguiente título:
Cuando se habla de Segovia, la gente de fuera lo asocia automáticamente a dos cosas: el Acueducto y el cochinillo asado. Que sean estos dos elementos los más relevantes de nuestra ciudad y provincia se debe a la perseverancia de dos grupos humanos: los romanos en el caso del monumento; los maestros asadores encabezados por el mítico Cándido, en el caso de la ilustre pitanza.
Personas que visitan nuestra tierra descubren muchos más encantos, tanto monumentales y paisajísticos como gastronómicos. En este último apartado, su abanico de conocimientos se despliega y ya reconocen al cordero asado, los judiones de La Granja, el chorizo de Cantimpalos y otros derivados del cerdo, el mero al ajoarriero, el ponche segoviano y demás, como obras maestras del buen comer. La cocina segoviana, muy ligada a la tierra y a la dureza de la meteorología, tiene siglos de tradición y, salvo modernas y meritorias interpretaciones realizadas por algunos nuevos cocineros, se mantiene inmutable. Por eso, es muy probable que el turista del S. XXII siga buscando los mismos argumentos comestibles que hoy en día.
La cocina en Madrid no es así. Como tantas cosas, y a pesar de la cercanía, es muy distinta a la segoviana. No me refiero al contenido en sí, porque de hecho la cocina que se hace en la sierra es similar en cuanto a los asados y el uso de legumbres. No, es más bien una cuestión de carácter.
Pero ¿qué o cómo es la cocina madrileña? Yo pienso que es el reflejo gastronómico de la realidad de la propia ciudad y sus habitantes. Una población mestiza, cambiante, cada vez más numerosa y con muchas inquietudes. Siempre con ganas de probar algo nuevo o de descubrir lugares desconocidos. Bien es cierto que en Madrid algunas cosas se mantienen y son símbolos de la ciudad -la Puerta de Alcalá, el Rastro, Doña Manolita, el cocido, las tapas, los-jueves-paella-, pero hay otras que son nuevas. Y cada día hay más.
Pues eso mismo pasa con la cocina madrileña: es un compendio de muchas cocinas, de muchos estilos, tradicionales o vanguardistas, de aquí y de allá, que conviven paralelos o que en muchos casos se cruzan, se suman, se funden, se interpretan o reinterpretan para volver en otros casos a la esencia primigenia. Igual puedes encontrar en la misma calle una taberna que te ofrezca esas tapas de toda la vida como, al lado de ella, otro local que reinventa esas mismas tapas con nuevos ingredientes o fundiéndolas con otros estilos o técnicas. Igual te puedes tomar una paella como si estuvieras en el mismo Grao valenciano, auténtico pollo tandoori indio, souvlaki griego, o degustar unos makis como lo harías en un sushibar de Tokio.
En definitiva, lo más emblemático y característico de la cocina en Madrid no es un plato u otro; es un interés por acoger todo tipo de cocinas, sean de donde sean, y hacerlas propias. Mmmm, qué hambre me ha entrado; ahora mismo me voy a comer.
La pareja se sentó en aquellas sillas tan peculiares. La mesa tenía otras dos sillas en las que colocaron sus respectivos abrigos. Con un movimiento rápido y mecánico, el camarero sacó su libreta y se dispuso a apuntar la comanda.
- ¿Qué desean tomar?
- Café con leche, largo de café –respondió ella.
- ¿Y usted, caballero?
- Café solo, gracias.
- ¡Ah! Y tráiganos también un trozo de tarta Satcher; con dos cucharas, por favor.
- Muy bien. Enseguida les sirvo.
La mujer esperó a que Franz, el camarero, se diera la vuelta y se perdiera entre el gentío del abarrotado salón para empezar a hablar. Entonces ella se volvió y clavó sus verdes y penetrantes ojos en los del hombre.
- Sr. Lahm, soy la Srta. Freytag. La Organización me encargó ser desde ahora su enlace.
- En realidad, esperaba encontrarme con otra persona.
- Supongo que se refiere a Heinz… al Sr. Berger. No se preocupe, soy una persona de su máxima confianza. Además, le repito que ha sido la Organización quien ha decidido que yo sea ahora quien esté a su lado hasta que todo acabe.
Lahm dudó. Casi sin querer, miró a un lado y otro como buscando a alguien, o más bien esperando que nadie les viera o reconociera. No se sentía cómodo. No sabía por qué, pero la Srta. Freytag no le transmitía confianza por mucho que fuera alguien que la Organización le había asignado. Quizá eran esos penetrantes y fluorescentes ojos verdes; o esas maneras educadas pero frías y distantes. Parecía alguien de la Policía Política más que un miembro de la Organización.
“¿Y si es un agente de la Política? ¿Y si se han enterado de todo? La Policía tiene ojos y oídos en todos los lados. Cualquiera puede ser uno de ellos… Bah, imaginaciones. Es imposible que alguien que no sea de los nuestros sepa que esta reunión se iba a dar. Es gente de la Organización. Seguro”, se autoconvenció Lahm.
- Srta. Freytag. Estoy dispuesto.
- Entonces, pongámonos en marcha cuanto antes.
(continuará)
El Café Central estaba en plena Alexanderplatz, el corazón mismo de la ciudad. El enorme local mantenía intacta esa estética Art Decó de principios del XX, con techos altos, estructuras metálicas y mesas de hierro y mármol. Los camareros, tan diligentes, estaban perfectamente uniformados y se movían con agilidad de mesa en mesa llevando consumiciones y pasteles, y recogiendo los restos en sus amplias bandejas de aluminio. Era una postal de otra época, un anacronismo exótico que se mantenía a pesar de que el Régimen había puesto todo su empeño en borrar cualquier símbolo de lo que consideraba el corrupto y aborrecible pasado.
El Café siempre estaba muy concurrido, lleno de todo tipo de gentes de los más distintos pelajes y procedencias, entre los que destacaban literatos, músicos, pintores, arquitectos,… algunos consagrados y muchos por hacerlo. Era un lugar por el que el gremio artístico e intelectual debía dejarse caer, donde tan importante era ver como ser visto. No eras nadie si no acudías a alguna de sus tradicionales y acaloradas tertulias en las que se trataban todo tipo de temas de actualidad; cualquiera menos el político. La política era tabú, no era algo interesante y, además, una opinión política a destiempo o que no siguiera el espíritu del Libro del Ciudadano podía traer problemas. Todo podía ser hablado, tratado o discutido, menos el Régimen.
Pero no sólo eran los artistas la única parroquia del Café. Su famosa tarta Satcher atraía a todos los golosos de la ciudad y, además, tenía el mejor café que se podía encontrar en todo el país, un bien cada vez más escaso y preciado. El Central era el clásico lugar para citarse con alguien, un buen sitio para mezclarse dentro de sus grandes y bulliciosos salones donde las mesas para sentarse, siempre tan cotizadas, se concedían por rigurosa petición en lista de espera al encargado que recibía a la entrada del Café, donde saludaba a cada recién llegado con una ceremonia que ya no se estilaba.
- Señores, sean bienvenidos al Café Central ¿Desean una mesa? –preguntó mientras inclinaba ligeramente su cabeza a la pareja que acababa de entrar.
- Sí, por favor –respondió el hombre mirando hacia el interior del local-. Nos gustaría aquella que está al fondo del salón, la más alejada de la puerta.
- Lo lamento, pero esa mesa está ocupada. Tendrán que esperar a que otra se quede libre y…
- El sol se pone hoy por el Este –le interrumpió la mujer.
Como movido por un resorte, el encargado se volvió automáticamente hacia el interior y con una seña les indicó que le siguieran. Ya dentro del salón se acercó a uno de los camareros y le susurró algo al oido.
- Franz les acompañará hasta su mesa.
El encargado volvió hacia su puesto y Franz tomó el relevo, llevándoles hasta la única mesa que se encontraba libre en todo el Café Central: justo la del fondo del salón.
(continuará)
Había sido Elke. Otra explicación le resultaba imposible. Heinz era tremendamente metódico y discreto en sus movimientos. No daba un paso hasta haberse cerciorado de que había plena seguridad. No confiaba en nada ni en nadie, ni siquiera en su familia o amigos más íntimos, de los que se había ido alejando progresivamente desde que entró a formar parte de la Organización. Su vida y la de muchos estaban en juego y la prudencia era la premisa fundamental a la hora de actuar.
Tenía que ser Elke. Ella era la única persona que le había hecho modificar su conducta, incluso su forma de ser. Heinz Berger, el hombre frío y calculador, el individuo impasible y carente de sentimientos, trabajador infatigable, inteligente y sagaz, el ciudadano modelo según los rígidos esquemas del Régimen había encontrado en Elke su talón de Aquiles. La rendija por la que se escapaban todas las virtudes que le habían ido encumbrando durante toda su exitosa vida personal y profesional.
La luz volvió a encenderse, pero inmediatamente volvió a apagarse. Nuevamente se encendió y al instante se apagó. Encendida, apagada, encendida, apagada,… así durante un largo rato que se le hizo interminable. Si querían sacarle de quicio, hacía tiempo que lo habían conseguido a pesar del aplomo que Heinz exhibía ante cualquier situación.
- Elke –murmuró.
La luz dejó su intermitencia y se mantuvo encendida. La ya familiar voz de Pritzker volvió a dejarse oir.
- Siga, Berger.
- Elke –repitió, ahora con más firmeza.
- ¿Se refiere a la Srta. Freytag?
- Seré franco, doctor. En la vida no hay nada peor que la traición.
- Estoy completamente de acuerdo, Berger. La traición es el hecho que más devalúa a una persona. Por eso usted se encuentra aquí.
(continuará)