Portugal. Tan desconocido para muchos, es un pequeño paraíso que ha bebido las influencias de multitud de pueblos. A veces por obligación, pero otras muchas los han hecho sabiamente, acogiendo lo mejor de cada cultura y sumándolo a la suya.
Desde Lisboa, la ciudad más grande del país, la capital, se puede emprender el viaje a través del espacio, del tiempo o de los propios sentidos.
En la misma desembocadura del río Tajo y custodiada desde la colina más alta por el Castillo de San Jorge fue una ciudad importante en la era de los descubrimientos, como deja constancia su monumento a los descubridores, junto a la famosa torre de Belém. También destacaré el Monasterio de los Jerónimos, de ese particular estilo manuelino, que es una variación del gótico, pero con sello propio. El barrio de la Alfama, la catedral, el convento del Carmo, el acueducto de las aguas libres… o los dos fantásticos puentes que unen la ciudad, por mencionar sólo algunos ejemplos.
Sin embargo, en Lisboa lo más maravilloso es buscar una buena terraza, alejada del centro más turístico, donde los precios se desorbitan y el ruido es terriblemente molesto. Una terraza o un pequeño bar, alejado de todo eso porque conservará la verdadera esencia de una ciudad donde la luz lo dice todo. Un delicioso bar en el Barrio alto o quizá una terraza mágica, como la del Hotel Plaza Lisbon, desde la que puede observarse la ciudad a otro ritmo y al mismo tiempo disfrutar de una copita de un Oporto, tinto o seco…
A sólo unos kilómetros, está la Villa de Sintra. Reflejo de su riqueza natural y gastronómica. Su origen celta dice mucho de sí misma. De hecho, su nombre proviene de Sintia, la diosa de la luna celta. Por una parte, se ofrece en su versión natural, con el Parque Natural de Sintra, Cascais. Y por otra, la gastronomía más típica en algunos de los lugares más encantadores y pintorescos, como el Café París. Creo que es el único lugar de la Península donde se hacen quesadillas… o queijadas, aunque aquí, son dulces; y si por algo es famoso Portugal, es por su bacalao, Bacalhau, que pueden guisar de hasta 300 formas diferentes. Por no mencionar sus embutidos o sus vinos, por supuesto. Pero típico, típico, el bagaço o la ginjinha, un par de licores de guindas que no tienen parangón.
Sus carreteras son una absoluta tortura para todo el que haya conocido otro país europeo. No obstante, en medio de uno de esos entramados de infames carreteruchas de doble sentido, se encuentra la villa donde se rodaron algunas escenas de La Novena puerta. El camino es atroz, pero nadie puede negar el encanto que rodea este pueblecito casi mágico. Una de las mejores vistas de la casa del rodaje es la Casa do Valle, desde donde además se puede ver el Castillos dos Mouros, el Palacio de la Pena y la Quinta da Regaleira… y desde donde además se pueden escuchar los conciertos de verano que se ofrecen en la quinta. Quizá no esté marcado como punto turístico recomendado, pero yo incluiría. Es un rinconcito entrañable pensado únicamente para el descanso y el relax. Y eso, en estos tiempos suena bien.
Sintra suele formar parte de algunos paquetes que incluyen una excursión en la visita de varios días a Lisboa, pero esa es una pésima idea. La villa en la que descansa uno de los 3 libros perseguidos en la Novena Puerta y que, casualmente llevan el mismo título, merece al menos un par de días para descansar y recuperar las fuerzas.
De hecho, no es una coincidencia que parte de esta película tan particular se localizase en Sintra. En alguna parte he leído que la fuerza telúrica de la tierra se concentra de modo especial sobre la propia Quinta Regaleria y que el efecto luminoso del que hablaba antes, el que provoca que la mayoría de las fotos salgan quemadas, no es más que la consecuencia de que la luz lucha y vence al reino de las sombras. Al parecer, la romántica historia señala a Carvalho Monteiro, un acaudalado brasileño, quien proyectó este sueño espiritualista formado por un palacio rodeado de frondosos jardines, misteriosas grutas, pozos, lagos, torres, estatuas y majestuosas vistas sobre el resto de la villa. Un sueño hecho realidad y un lujo que los demás mortales podemos permitirnos compartir durante un largo rato.