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Vine a Valladolid como de paso y llevo ya 14 años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida. |
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Antes de que abriera la oficina de turismo, antes incluso de que hubiera bares y terrazas, en la Plaza Mayor de Segovia se celebraba el mercado. La prueba está en el vestíbulo de las Cortes de Castilla y León, que durante este verano ha acogido una muestra de los inicios de la fotografía en la región. Cuando no existía la rehabilitación y lo viejo era simplemente viejo, cuando las casas se sostenían más por la necesidad que por el cemento, puntualmente los segovianos acudían a la elipse para vender o comprar en el mercadillo. En la imagen de 1890 –obra de un fotógrafo madrileño de la época, Mariano Moreno–, se distinguen mujeres con capazos, puestos desvencijados cubiertos con sábanas, vendedores con ristras de ajos y básculas romanas, y niños sin más obligación que contemplar la escena subidos al kiosco.
Hoy, como entonces, el mercado es una cosa desordenada, más bien ingobernable y, por encima de todo, viva: directamente lo opuesto a un cementerio. No olvido, esté donde esté, que el jueves es día de mercado donde nací, y que esa mañana las vecinas se han levantado con el compromiso firme de arrastrar el carrito y rellenarlo de verduras y naranjas. Me gustan los mercados, cuando viajo intento visitar los típicos de cada localidad, y aportan más conocimiento, olores y sabores que cualquier visita guiada.
En Valladolid hay un mercado diario bajo la marquesina de la Plaza de España, de frutas y flores, en el que estos días pueden comprarse cabezas gigantescas de girasol para hartarse a comer pipas y pringarse los dedos de negro, como en los viejos tiempos. Hay también dos mercados cubiertos, el del Val, preciosa criatura de hierro de finales del XIX, que está detrás del Ayuntamiento, y el del Campillo. En ellos las clientas experimentadas piden piezas de ternera de nombres misteriosos, y observan los cortes del atún y los ojos de la merluza como si les enviasen señales inaudibles para los demás. Amas de casa profesionales, cien por cien dedicadas a la economía doméstica, que tienen conocimientos que hoy sé que nunca adquiriré, porque soy de la generación de mujeres emancipadas y sin tiempo, que cargan con el filete cortado y servido en bandeja de poliespán.
Hay otro mercado que se organiza cada domingo, en el que abundan los polos con cocodrilos clonados, camisas de marcas bis y gafas de aviador, aunque también hay puestos de chatarras varias que a veces ofrecen algo curioso. Este rastro hoy se hace junto al estadio de fútbol, aunque hasta hace poco se celebraba en la plaza de Usos Múltiples, curioso nombre de navaja suiza para un edificio en el que los vallisoletanos van a hacer diferentes papeleos de la administración. Encuentro significativo que los puestos de mercaderes hayan sido expulsados de esta ubicación para dejar paso a un proyecto municipal de embellecimiento de una zona que quieren rebautizar como “Plaza del Milenio” e instalar en ella un complicado géiser artificial. El ayuntamiento ordena, pero la vida desordena, y por eso dentro de otros cien años los tomates y las patatas seguirán por aquí, y el géiser sólo tal vez.
Mónica Nedelcu Cristea fue profesora mía de Literatura Contemporánea. Sabía que había muerto poco después de abandonar yo la facultad, pero no fue hasta hace poco tiempo cuando empecé a recordarla. Regresó a mi memoria a través de un libro, la reedición de “El capote”, de Gogol, la historia de un oficinista de gris existencia que copiaba documentos y que puso todas sus esperanzas en comprarse un capote nuevo. Ella nos mandó leer ese relato, y otros muchos, no sólo de escritores de países vecinos al suyo –era rumana–, sino de literatura americana, que también le apasionaba.
Dejé a medias la mayoría de los libros que recomendó, pero comprendí que todos ellos merecían la pena y que en algún momento disfrutaría de esas páginas que, en esos años, me parecían inabarcables. Creo que eso le ocurrió a la mayoría de mis compañeros, y por eso Mónica hizo bien su trabajo. Por otra parte, era impensable que esa mujer, menuda y delgada, flexible como un junco y tímida a más no poder, que se ruborizaba con las impertinencias de los alumnos, pasara de la sugerencia al mandato. Subida en la tarima, con su cintura estrecha, falda de vuelo y larguísima coleta, era como una frágil bailarina en su caja de música.
Me parecía mayor, pero hoy comprendo que tenía pocos años, y que no haría mucho tiempo que habría llegado a Madrid desde Bucarest. Porque ella había sido ya profesora en la capital rumana, eso lo he averiguado en Internet, si es que se puede decir que pasear por Google permita una averiguación legítima. También he conocido así otros detalles de su biografía y de su trabajo, de su tesis sobre el ensayista exiliado Vintila Horia, y de sus estudios sobre sintaxis románica. Hay otras muchas entradas en las que aparece su nombre en medio de palabras que no entiendo, y me pregunto si el rumano será un idioma difícil de aprender.
Pero en Internet no ponía nada de lo guapa y tímida que era. “Cierro los ojos para ver”, decía Vintila Horia, y yo también lo hago. Dejo las palabras escritas para que la huella de un ser humano permanezca.
Otra declaración que ha chocado es que le encanta comer jamón serrano y tortilla de patatas, en concreto la que cocina su suegra. Claro que en otros medios dicen que lo que de verdad le gustan son las croquetas. Se ve que las rarezas le vienen de lejos, porque incluso tuvo la ocurrencia de casarse en Olmedo, llevar a toda la parentela –incluida la británica– a comer a Segovia y aguantar hasta la madrugada de parranda: se cuenta que incluso coronaron la fiesta tomando chocolate con churros.
Como es liberal-demócrata, o sea, que ni le tienen manía en el PP ni en el PSOE, creo que Clegg tiene grandes posibilidades de convertirse en hijo adoptivo de esta tierra, a pesar de que un día dijo que no traga las corridas de toros. Eso, si el pobre hombre sigue viniendo otro año, porque con tanto fotógrafo molestando igual dice su suegra que es ella la que se va de vacaciones a Londres.
Sería una gran pérdida, porque Nicolás Guillermo Pedro Clegg, Nick para los amigos, es bueno para nuestro complejo de inferioridad. Si le gustan nuestra comida, nuestros pueblos y hasta nuestras suegras, es que las cosas no nos van tan mal.
El otro día salió Javier León de la Riva a visitar las obras del Paseo de Zorrilla y, de paso, a intentar explicar a la gente para qué sirven. En general, los políticos están convencidos de que el único motivo que puede justificar que sus administrados les lleven la contraria es que no les han entendido bien, que es tanto como descartar de partida la más mínima posibilidad de que no tengan razón. Por su parte, los ciudadanos tienden a desconfiar casi por sistema de que sea necesario que remuevan la tierra que tienen bajo sus pies, y no digamos si les recortan plazas de aparcamiento. El hecho es que desde hace unos meses la principal calle de la ciudad está manga por hombro. Los atascos y los pitidos son fenomenales, y los policías ya no saben si jugarse el pellejo intentando ordenar la cosa o escabullirse para evitar que al final los conductores se amotinen y carguen contra ellos. Mientras, los peatones, en plan Pantera Rosa, cruzan por donde pueden, siguiendo desconcertantes carteles que de pronto te mandan “por aquí”, y al día siguiente “por allá”.
En teoría, la cosa obedece a que dentro de un tiempo hay que cortar el tráfico por el paso elevado del Arco de Ladrillo, la más espartana construcción de la capital, y para entonces tiene que funcionar como un reloj la arteria de Zorrilla, que absorberá aún más tráfico del habitual. De paso están trazando un carril para transporte público, aceras más anchas y en fin, otras cosillas que no están claras y que quedan abiertas a la imaginación y la charla de los jubilados de la zona, para los que el ayuntamiento no da una a derechas, y más con esta crisis, en la que sería necesario un referéndum para contar con un respaldo social mínimo para acometer cualquier gasto público.
En realidad, lo que joroba de las obras es que hacen añicos nuestro pequeño y esforzado equilibrio. El polvo, las vallas, los contenedores y las losetas apiladas son más fuertes que nuestras rutinas, y ni siquiera podemos contar con nuestra parada de autobús, con nuestro banco, con nuestro semáforo y los 26 segundos que nos garantiza para cruzar al otro lado (por cierto, la velocidad del peatón pucelano por segundo es mucho más alta que la del segoviano). La ciudad es como un gigantesco cuerpo que necesita que cada músculo se deslice siguiendo el mismo ritmo. La rapidez del sur acentúa los achaques del centro; los calambres del este se precipitan sobre el norte. Por eso en los carteles que han puesto en las vallas, se pide a los ciudadanos disculpas por “Las Obras”, así, con mayúsculas y entrecomilladas, como si se tratara de las del Escorial y si no las fuéramos a ver concluidas en nuestra humana existencia. Esas son las razones de estas y otras obras, y por eso el próximo verano volverá la pala y el baño de asfalto, porque las ciudades, y también quienes las habitan, avanzan así, sobre la marcha.
Para un segoviano la idea de lo plano podría ser la Plaza Mayor, a pesar de que ni siquiera la elipse mantiene un mismo nivel en su limitada superficie. Todo es subjetivo, y más si acabas de subir por San Juan o por la calle Real, o por la Judería, o por el Alcázar, en fin, por donde sea, pero siempre con la lengua fuera, y claro, en comparación, la Plaza es una pista de baile. Valladolid, sin embargo, es principalmente llana, y es tal su planicie que cuando vuelves a Segovia y andas media hora de repente notas que hay un músculo nuevo que te tira tal que a la altura de los gemelos, un músculo que en Pucela disfruta de excedencia porque allí para caminar basta con poner un pie delante de otro.
La no-presencia de montañas resulta rara al ojo segoviano, donde la sierra enmarca permanentemente los campos. En Valladolid, sin esa línea azul de las montañas que señala los límites del territorio, tienen que contentarse con el montículo del Cerro de San Cristóbal, ensartado cual aceituna por una atractiva antena. Y esa carencia de altitud no es cosa sólo de la capital. Por lo que tengo entendido, la provincia de Valladolid es la única de España que puede presumir de no tener ni un solo punto en el que se superen los 1.000 metros de altura. El K-2 vallisoletano está en la Robledaña, un páramo cercano a Castrillo del Duero, al que tranquilamente se puede llegar encima de un tractor. Allí los altímetros marcan unos 935 metros de altura, y si no fuera porque 75 son muchos metros no dudo que las autoridades provinciales hubieran hecho algo para alcanzar al menos los 1.000 metros y abandonar el furgón de cola del montañismo, construyendo una pirámide o llevando arena en sacos, como en la historia esa del inglés que subió una colina pero bajó una montaña.
Me da la impresión de que la bajura territorial no es motivo de orgullo, más que nada porque en estos tiempos en los que casi todo lo potable se convierte en eslogan en algún sitio habríamos leído “Valladolid, la más planita de España” o “Valladolid, y adiós a las cuestas”. Sin embargo, he de decir que esa monocorde superficie es bastante cómoda, que permite a mucha gente en silla de ruedas o con muletas desplazarse con autonomía, y eso no son ventajas menores. Pero en fin, el asunto es que no hay montaña pucelana, y los aficionados al alpinismo no tienen más remedio que probar sus pies de gato en el rocódromo que se ha construido en el interior de un antiguo silo de la fábrica azucarera de Santa Victoria.
Ser montañero y vallisoletano es algo así como ejercer de apóstata de los designios divinos; porque, digo yo, si Dios hubiera querido que uno se subiera a una montaña, al menos se la habría puesto delante (y probablemente bajita, para que sus pequeñas criaturas no se arriesgaran demasiado). Pero así somos los humanos, siempre pensando que el sol brilla más del otro lado, y en Valladolid, con una geografía tan fértil para ser patinador o bailar break-dance, la gente se compra chirucas y se va a trajinar por pendientes foráneas, e incluso el otro día salía en el periódico un entusiasta que se ha propuesto subir al Everest.