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Segovia, jueves 09-09-2010 h.

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Vivencias tropicales | por Melati Gray
foto Fue en octubre pasado que me vine a trabajar de voluntaria a Indonesia. Con este blog lo que me gustaría es acercar el día a día de este fascinante país a Segovia y que la distancia que nos separa se haga un poquito menor, que estar al otro lado del mundo no signifique perder el contacto con Segovia, mi casa.
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viernes, 04 de diciembre de 2009
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“La selva es una auténtica locura.” Eso dice Paco Monedero, el montañero segoviano, precisamente en este periódico, y ¡no podría yo estar más de acuerdo! Esta tarde, mientras llueve a cántaros fuera, y el tejado de bambú empieza a dar muestras de tener goteras, he leído la frase, frase que por otra parte describe mi año perfectamente.

Una auténtica aventura parece la que ha vivido Paco Monedero y leyendo lo que tiene que decir, además de sentir admiración, reconozco muchas de las situaciones y los momentos a los que se refiere el montañista. Por mucho calor que haga, empezar el día con unos pantalones mojados no apetece nunca, al igual que caminar durante horas y horas bajo la lluvia más torrencial imaginable, quedarse atrapado en una orilla del río porque el caudal ya es demasiado peligroso para plantearse cruzarlo…

La gente de la que habla Paco Monedero, los lugareños, me recuerdan a los indonesios con los que hemos trabajado nosotros. La habilidad que tienen con un machete, la tranquilidad que transmiten cuando van por la selva, y sobre todo el conocimiento y el respeto que le tienen al entorno y a lo que nos da la naturaleza. Recuerdo un día de muestreo en la selva que me senté sobre un nido de garrapatas. ¡Fue el momento cumbre del día! Cómo se reían de mí… pero eso sí, Pak Anto en seguida cortó una liana y me dijo que bebiera de la savia que salía y así no me picaría nada, y funcionó. Un sinfín de situaciones y momentos que esa primera frase resume perfectamente.

Haciendo un repaso de este año indonesio, puedo decir que se ha pasado volando. Desde los primeros meses en la selva , el viaje a Tailandia, estos último meses de horas y horas delante del ordenador empezando, sufriendo, y finalmente terminando el informe, los días y las noches de risas con mis compañeros a remojo en el río, e innumerables momentos más.

Lo que me llevo es, sin duda, el recuerdo de toda la gente que he conocido aquí, por todo lo que nos han aportado a mí y a mis tres compañeros; su humildad, su conocimiento de la naturaleza, su buen humor y capacidad para sonreír en todo momento, incluso cuando nada salía bien… sin olvidar sus impresionantes habilidades en el ajedrez y el bádminton.

Parece que de momento, por este año al menos, me despido desde Indonesia, eso sí con la esperanza de que el año que viene siga escribiendo para “Segovia desde fuera”, quizá desde otro destino. Y Paco, si no te importa que te llame por tu nombre de pila, estoy totalmente de acuerdo: la selva es una locura, ¡y que siga siendo así por mucho tiempo!

 

viernes, 09 de octubre de 2009

Laura estaba leyendo, Isa se lavaba las manos, Gorka recogía la mesa y yo fregaba el último cacharro que quedaba de la comida y de repente todo empezó a tambalearse… En apenas unos segundos, comprobamos que no eran los perros jugando sobre el bambú los que hacían que temblara todo y a la orden de ‘¡Fuera, niñas fuera!’, salimos los cuatro al jardín de casa. Fueron tan sólo unos segundos, el epicentro se encontraba a 188 km de donde vivimos y aún así notamos en temblor. Lo suficiente para salir corriendo de casa, para que los murciélagos salieran volando de las palmeras, para que cundiera el pánico en Yakarta y para que nosotros no estuviéramos del todo tranquilos el resto de la tarde y de la noche. Eso pasó el 2 de septiembre, cuando un terremoto de 7,2 grados en la escala Richter sacudió Tasikmalaya ( al sureste de Java del Oeste). Hubo 44 víctimas mortales  pero el revuelo se pasó a los pocos días, a nadie le interesaba, había sido un terremoto más.
Nada que ver con lo que pasó hace apenas unos días. El miércoles 30 de septiembre, un terremoto de 7,6 grados en la escala Richter sacudió Padang, una ciudad relativamente grande en la isla de Sumatra. Nosotros estamos en Java asique ni siquiera lo notamos. Hasta la mañana del jueves que nos lo comentaron no supimos nada del infierno que se estaba, y se sigue, viviendo allí…
La coordinadora de nuestro proyecto, Susi, es de esa misma ciudad y por la falta de luz y comunicación con el lugar, no tuvo noticias de su familia hasta dos días después. Se fue para Padang, seis días después del terremoto. Después de llamar a numerosas agencias de viaje, todos la informaban de que no había vuelos hasta el martes siguiente, normal ya que el aeropuerto también se había visto dañado, pero lo indignante era el precio que le daban, alrededor de los 2 millones de rupiahs (170 euros más o menos) cuando normalmente esos mismos vuelos sólo cuestan 800.000 (57 euros). Y yo me pregunto, ¿qué pasa con toda la gente que no se lo puede permitir?, cuando se deberían estar poniendo aviones casi gratis para que la gente vaya a ayudar a sus familias y amigos, los precios se inflan, a mi parecer ¡es indignante! Desde que Susi llegó a Padang nos ha contado que ha habido más temblores por la noches y que su casa además de estar medio derruida, se ha hundido 50 cm más, pero como buena indonesia, sigue sonriendo y se da por afortunada ya que por lo menos todos están bien, y mirando a su alrededor se da cuenta de que podría ser mucho peor.
Familias enteras están durmiendo en la calle bajo lonas de plástico provisionales, para resguardarse de la lluvia que tampoco da tregua. Cada vez escasea más la comida y la bebida y la ayuda internacional está tardando demasiado en llegar. Con este panorama de desolación hay algunos aprovechados que ven una oportunidad en todo ello: el precio de la gasolina se ha disparado, de las 5.000 rupiahs que suele costar a 25.000 Rp, la gente tiene que hacer colas de hasta 4 horas y más para hacerse con unos kilos de arroz (la comida básica en toda Asia), los huevos, las verduras, todos los precios parecen no dejar de crecer, y todo esto en medio de una zona ya de por si pobre y ahora, inmersa en el caos por el terremoto.
Lo único que queda ahora es esperar a que poco a poco llegue la ayuda; cosas de primera necesidad como comida, mantas, medicamentos y también las ayudas económicas para que los ciudadanos de Padang puedan volver poco a poco a la normalidad.

jueves, 13 de agosto de 2009
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De nuevo, me veo contemplando todas mis pertenencias repartidas por el suelo de la habitación; el saco de dormir, las botas destrozadas, todas las camisetas y pantalones embarrados y agujereados… planteándome qué hacer con todas las cosas e intentando pensar qué se me ha podido olvidar. Igual que al comienzo de esta aventura, cuando mis compañeras y yo pusimos todo encima de la mesa para ver que faltaba. Pero esta vez es distinto, ya no nos vamos a la selva, sino que acabamos de salir.

Hemos dicho nuestro último adiós al Hutan Batutegi. El 7 de julio se acabó nuestra aventura allí, el trabajo de campo ha terminado y ahora nos queda organizar todos los datos, analizarlos y escribir un buen informe para proteger lo que se ha convertido en nuestro trocito de selva.

Son tantas las cosas que he vivido y aprendido en estos meses que no sabría por dónde empezar; la emoción de la primera vez que se vieron huellas de tigre, todos los golpes que nos hemos dado contra piedras y árboles, las odiosas sanguijuelas, las inundaciones del río, hasta el inquietante número de serpientes que hemos visto cada vez más cerca del campamento… Son muchas experiencias, a cada cual más surrealista y absurda, pero a la vez, más especial.

Ahora de vuelta a las comodidades de una mullida cama, agua corriente y electricidad, nos encontramos echando de menos todo lo que hemos dejado atrás en nuestro campamento. Sobre todo a la gente que se ha quedado allí, los chicos que empezaron siendo nuestros ayudantes de campo y se han convertido en mucho más, en compañeros y amigos. Las personas que han estado allí asegurándose de que no nos pasara nada en la selva, que nos han cuidado en el campamento base, las que nos han hecho reír y llorar, con las que hemos compartido alegrías y penas durante más de 5 meses. Esa gran familia que hemos creado en medio de la selva.

Con lo cual me gustaría que este pequeño articulo sirviera de reconocimiento a su labor, a la vez que de adiós o mejor un hasta pronto.

Adiós a Absi, el que más sabía de la selva, el que siempre insistía que devolviéramos una cabeza de pez al rio cuando pescábamos 'para que los guardianes de la selva cuidasen de nosotros'. Adiós a Kholil, el chico que era tan tímido al principio que ni se atrevía a mirarnos a los ojos pero que resultó ser una autentica máquina con el machete en la selva y que al final era de los que más disfrutaban de las juergas que montábamos y de las noches charlando tranquilamente. Adiós también a Wayan que vino unos días a sustituir a su hermano en el campamento y se convirtió en una persona clave del equipo. Adiós a Tono, que nos enseñó a dar buenos masajes. Adiós a Cipto, nuestro dibujante y tatuador. Adiós a Gepeng, el chico que siempre se despertaba cantando y con una sonrisa enorme. Adiós también a Sunar, Medi y Pak Anto que aunque llegaron más tarde al equipo, consiguieron hacerse indispensables para nosotros.

Y por último, un gran adiós al tigre, rastros de cuya presencia habíamos visto en alguna ocasión y que por fin se dejó fotografiar por una de nuestras cámaras de foto trampeo que se activan cuando algún animal pasa por delante. El momento cuando revelamos el carrete y le vimos fue de los más memorables de toda nuestra estancia.

De vuelta a la vida ‘normal’, sabemos que lo que toca es trabajar duro y currarnos el informe, ése que esperamos que sirva para que todos esos mágicos meses que hemos pasado en la selva tengan el resultado que buscamos todos los que hemos trabajado allí, que el Hutan Batutegi se proteja a nivel nacional.

viernes, 29 de mayo de 2009
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Muchas veces me he visto sentada en casa viendo algún documental donde el presentador está probando las especialidades gastronómicas de lugares muy variopintos, cosas como entrañas, lagartos, insectos, un amplio abanico de delicias que según estás viendo y oyendo el crujido por el televisor, un escalofrío te recorre la espalda y piensas ‘puf, ¿a qué sabrá?’. Pues, ahora puedo dar un dato referente a esto: las larvas de abeja tiene un sabor entre alubia cocida y champiñón y están mucho más ricas con cebollita y rebozadas que con ajito rehogadas. Por si algún día se lo plantean…
Cada día en el campamento me sorprenden los trucos que tienen mis compañeros indonesios para el día a día. Al igual que en alguien tiene que darte el secreto para que la tortilla te quede jugosa, o el gazpacho quede en su punto, aquí también tienen sus pequeños trucos culinarios. Las larvas por ejemplo, se tienen que hervir con hojas de mandioca, para que no se queden como una pasta pegajosa, y cuando se hace el arroz, el agua tiene que llegarte a la mitad del dedo anular para que no se quede duro. Por no hablar de las medidas para el plátano frito crujiente, que son toda una ciencia.
Hace poco tuvimos un fin de semana de celebración que bien podría haber tenido lugar en casa en mi pueblo de Segovia. El evento en cuestión era el levantamiento de nuestro nuevo pos, como lo llaman aquí, una estructura de madera y bambú que servirá de ahora en adelante como nuestra casa. Era domingo y nuestros invitados, la familia de uno de nuestros compañeros, llegaron como debe ser en estas ocasiones, bien prontito, con una gran sonrisa, muchas ganas de ayudar y dos pollos bajo el brazo. La división de tareas fue muy clara: los hombres se pusieron manos a la obra enseguida con cuerdas a levantar la base de la casa, mientras las mujeres nos dispusimos a preparar lo que sería una muy buena comilona a base de arroz, pollo con especias en salsa de coco y verdura rehogada. Fue un día mágico, en el que se notaba el ambiente de fiesta y alegría y en el que de una manera extraña, eché de menos mi casa en Segovia más de lo habitual. Estar rodeada de tanto cariño y buen ambiente, con una madre riéndose de sus hijos cuando no fueron capaces de elevar la casa a la primera, el padre y los tíos advirtiendo a los más jóvenes de que no fueran tan brutos, todas esas relaciones familiares, tan cercanas y comunes a todo el planeta, hacía un doble juego dentro de mí. Me hacían sentirme muy relajada y tranquila, la verdad es que se echaba de menos ese cariño, y a la vez también me hicieron darme cuenta de lo lejos que estoy.
Todos estos meses están siendo muy importantes a nivel de aprendizaje para todos, tanto los indonesios por toda la información técnica que les podamos estar dando, pero sobre todo para nosotros, los cuatro que venimos de fuera, tanto a nivel intelectual con todo lo que estamos aprendiendo sobre la selva y la conservación, pero más aún a nivel humano. Todo lo que estamos aprendiendo los unos de los otros, eso es algo que yo creo y espero nos servirá para siempre.

lunes, 20 de abril de 2009
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Nunca pensé que las tardes pasadas en Arevalillo aprendiendo a rapelar o en Valdeprados escalando me fuesen a  sacar de tantos aprietos en la selva de Sumatra. Cambiemos cuerdas y arneses por raíces de arboles, lianas y fuerza bruta, y tenemos la forma en la que hemos salido de la selva en más de una ocasión durante esta primera etapa de nuestro proyecto.
Como los encargados de realizar un estudio de la flora y fauna de esta zona de selva tropical, nuestra llegada al lugar fue de lo más emocionante… un viaje en avión, para después navegar río arriba en barquita, y finalmente seguir a pie, saltando de roca en roca y de tronco en tronco hasta llegar a una zona abierta al lado del río a la que ahora llamo casa.
Nuestro campamento base consiste en dos plataformas de bambú con tiendas de campaña encima que nos sirven de habitaciones y una mesa con dos bancos y una lumbre que nos sirve de cocina. Nos turnamos para preparar la comida, de lo más básico pero muy rico, normalmente un plato de arroz con verduras compradas cuando bajamos al mercado una vez a la semana, y si hay suerte y ese día se ha pescado, pues un poquillo también va a la olla.
El día comienza con un baño en el río, muchas veces acompañado por el vuelo de los buceros y el sonido de varios grupos de monos langur y gibones. Después del desayuno nos metemos en la selva para hacer nuestro trabajo. Éste consiste en recorrer muy despacio unas líneas que hemos trazado, anotando a cada paso cualquier rastro animal que se vea, huellas, heces, restos, etc. En un buen día cada persona recorre unos 7 kilómetros y ya es una buena paliza.  La sensación de estar en la selva es difícil de describir. Es como entrar en una catedral de la naturaleza, en penumbra permanente, con árboles enormes que se alzan hacia un cielo y que se pierden de vista entre una maraña de hojas y lianas a pocos metros por encima de nuestra cabeza. El suelo hierve con vida, desde minúsculos bichos, a hogos y vegetación que crece casi visiblemente día a día . Desde el primer momento, se declaró enemigo número uno a las sanguijuelas, con ese color marrón-negro y esa rapidez que supone que en un momento, puedes llegar a tener 5 en la pierna sin haberte dado cuenta pueden convertirse en unas compañeras de viaje de lo más molestas! El descubrimiento ha sido la mezcla de tabaco, jabón y agua, que frotado en las botas de agua, es lo único que las mantiene a raya.
En estas excursiones, hay que andarse con mil ojos para que nada pille por sorpresa, tanto para bien como para mal. En un gesto tan normal como apoyarte en un árbol te puedes llevar una sorpresa muy desagradable. Muchos de los troncos están cubiertos de grandes espinos que atraviesan la piel al menor roce. Y de sentarte para relajar las piernas, nada. Aparte de las sanguijuelas, las diminutas hormigas rojas que hay por todas partes pican de una manera muy dolorosa.
Cada tarde llueve, de una forma que pocas veces se ve en Segovia. Aquí es una lluvia torrencial, violentísima, que hace desbordarse al río, agua y más agua que baja de forma descontrolada y te encierra en el campamento base y hace que las tardes las pasemos repasando los datos que se han recogido ese día y leyendo tranquilamente, para después meternos en los sacos de dormir e intentar conciliar el sueno mientras los ruidos de animales e insectos suenan alrededor…
Tener la enorme suerte de vivir una experiencia así es sentir lo pequeño que es uno comparado con la naturaleza. No sólo el hecho de descubrir huellas de tigre a diez minutos del campamento o de observar las marcas que dejan los osos cuando afilan sus garras en el tronco de los árboles. Aquí todo es grande, desmesurado… y es precisamente esta fuerza salvaje que hace que la selva sea un lugar tan maravilloso.
No todo el mundo tiene la ocasión (o las ganas) de conocer la selva tropical de primera mano. Pero en Segovia sí que tenemos una naturaleza fantástica al alcance de la mano. Y les animo a que cuando tengan una tarde libre se acerquen a Valsaín o donde pille más cerca y se sienten un rato a orilla de un arroyo. Allí, en la tranquilidad de una tarde de primavera, y salvando las distancias, puede que tengan la suerte de intuir algo de estos ritmos profundos que nos rodean y de los cuales somos normalmente tan poco conscientes. ¡Adelante!
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