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Recortes de aguanís | por Ana Vázquez Aguado
foto El aguanís es un amago, un regate inesperado, un puedo pero no quiero. No lo voy a hacer. No ahora. No así. Lo voy a hacer ahora. Así. Es un engaño premeditado a última hora. Es un desarme a la obviedad; una intención disfrazada. El gol final es obligatorio; si no, no hay aguanís. Combinar recortes de tres pasiones como el deporte, la literatura o la música para decir algo sin decirlo o, quizás, decirlo de forma menos obvia, es mi oportunidad de uno contra uno, mi yo contra usted, mi intento de aguanís. Sólo hay una diferencia; si lo consigo, soy yo quien se marca el tanto. Usted quien cae en mis redes. ¿Jugamos?
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martes, 27 de julio de 2010

El aguanís es un amago, un regate inesperado, un puedo pero no quiero. No lo voy a hacer. No ahora. No así. Lo voy a hacer ahora. Así. Es un engaño premeditado a última hora. Es un desarme a la obviedad; una intención disfrazada. El gol final es obligatorio; si no, no hay aguanís.
Recortes de aguanís, el título del blog, era, es y será un homenaje; la familia te toca, a los amigos los eliges, y los ídolos aparecen. En cualquier momento y sin aparente motivo; estos, los motivos, vienen después, con los años. Yo ahora tengo 24, y muchas tardes acumuladas que crecí y durante las cuales crecí. Decir que hoy es uno de los días más tristes de mi vida sería algo dramático… y más injusto; por desgracia he tenido días muchísimo más tristes. Pero Bruselas hoy ha amanecido gris y yo también. Y las dos hemos llorado; ella porque es así y yo porque también lo soy. Así; vulnerable a la condensación de los años y de todas las tardes a lo largo de los últimos dieciséis.
Porque sí; porque nunca sabré decir qué porcentaje de mi vida, la ya vivida desde entonces, le pertenece al fútbol. Sólo sé que muchísimo. Y por ende, a Raúl. La relación no es directa, pero si hoy estoy escribiendo aquí, en este periódico, si hoy puedo considerarme de alguna manera periodista deportivo, es porque un día corrí con los ojos tras dos piernas finitas que hasta esta tarde me habían llegado a parecer infinitas. Y sí, es verdad que aún no se ha marchado, pero ya se ha ido y, sinceramente, me pregunto cuánto hilo del escudo del Real Madrid, al menos del de mis camisetas, ha descosido este siete con su adiós.
Habrá quien no entienda estas palabras y lo asumo. Que ningún hombre haga esfuerzos si no logra comprenderlo de primeras; porque sólo alguien a quien no le han puesto un balón, una pelota, en el cesto de los juguetes desde el principio de sus días, alguien cuyo padre no ha gritado nunca un gol desde el estómago, puede entender el desarrollo de una pasión aprendida, no enseñada. La mía por el fútbol quizás tuvo chispas en alguna jugada del Superdépor, uno de esos días en que mi abuelo se quedaba dormido con la tele, pero si hubo algo, alguien que la encendió definitivamente, fue aquel chico que en sus comienzos de vez en cuando llevaba el 17 y otras el 7. Raúl; las únicas letras serigrafiadas que han acompañado al 7 del Real Madrid. Va a resultar difícil leer cualquier nombre, apellido o pseudónimo sobre ese 7 a partir de ahora.
La verdad es que no sé si fue en la Romareda, si fue con aquel gol al Atlético a pase de Laudrup en su debut en el Bernabéu o si fue jornadas después. Da igual, tampoco importa mucho. De lo único que estoy segura es de que fue él, y que a partir de ese momento crecí, alargué tardes en parques, urbanizaciones de primos y amigos, patio del colegio y campos de la piscina por dar patadas a un balón. Por parecerme, asumiendo las diferencias, a aquel que poco a poco, con su comportamiento dentro y fuera del campo, se iba convirtiendo en mi ídolo. Y no me importa reconocerlo. Creo que hay palabras que, acompañadas de imágenes, no debería dar vergüenza pronunciar.
Y es que Raúl, el 7 del Real Madrid, ha sido mi ídolo en las tardes de pachanga en las que si me caía o me tiraban, me volvía a levantar al instante sin decir palabra ni pronunciar insulto; ha sido mi ídolo en los ánimos, los gritos de aliento y las instrucciones a mis compañeras durante los años que llevé el brazalete de capitana en mis equipos; fue mi ídolo en cada gol que marqué y cada gesto que realicé marcado por su influencia; ha sido mi ídolo en la colocación en el campo, en el papel de la inteligencia sin el balón en los pies; Raúl ha sido mi ídolo en cada sonrisa y abrazo al rival, tras la victoria o la derrota. Pero también ha sido mi ídolo en cada entrevista concedida; aunque no haya sido mi grabadora la encargada de registrarlas. Es uno de mis sueños; queda pendiente. Pero, lo consiga o no, en el resto siempre buscaré el respeto, las formas y el fondo con los que Raúl ha tratado a cada periodista que le ha preguntado.
Hoy, especialmente hoy, me doy cuenta de que a medida que fueron pasando todas aquellas tardes que crecí hasta que el sol no daba más de sí, yo también crecía. Ni Raúl tiene ya 17 años, ni yo los 8 ó 9 con los que me fijé, quizás por verlo tan frágil y minúsculo como yo junto a aquellos hombretones, en él. En sus piernas finitas y su forma peculiar de correr. Sé que Raúl no ha sido el mejor futbolista de la Historia, pero para mí sí ha sido el mejor jugador. Por eso hoy, con 24 años y lágrimas en los ojos me siento orgullosa de poder decir que en estos dieciséis años en los que se ha convertido en Historia del Real Madrid, he crecido con él.
Y lo mejor es que aún me quedan setecientos treinta días más para hacerlo; aunque lo tenga que ver lejos del Bernabéu, aunque a estas horas ya ni siquiera dé por totalmente cierta una de esas verdades de mi vida que consideraba indestructibles, seguras hasta la muerte. Ser madridista. Digo yo, supongo, que el corazón a veces también recorta con aguanís.

Lo dije entonces (1:37) y lo repetiría ahora si me volviesen a enchufar el micro... Suena a broma, pero en gran parte y por muchos motivos... es verdad.

lunes, 12 de julio de 2010

Entenderán que si para un jugador lo más grande del mundo es ganar un Mundial, para un periodista deportivo, lo más grande sea relatar cómo la selección de su país se ha proclamado Campeona del Mundo. Es cierto que no estoy en Sudáfrica. También es cierto que esto ni siquiera se va a publicar en el periódico de papel. Que ésta es una sección de Blogs que en cierto modo ni siquiera pertenece al periódico digital. Pero yo dentro de unos años quiero poder decir que lo conté... aunque existan matices ;).  Y ésta ha sido mi manera de celebrarlo. Gracias por leer. SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO!

 

 

 

Lo primero, esto debe ser el cielo; estar a 1.500 kilómetros de distancia de Segovia, de Madrid, y  aún así estar de alguna manera en la Plaza Mayor, en Cibeles, celebrando con todos que somos Campeones del Mundo. El Mundo… ese pañuelo en el que de repente coinciden 23 genios. Algo tan grande sólo puede ser el cielo. Que sí, Campeones del Mundo. Lo han leído bien, Campeones del Mundo. Suena bien, muy bien. Tan bien como los claxon que se escuchan ahora, a la hora bruja, frontera entre el día 11 de julio de 2010, el de la hazaña, y el 12, el de la celebración, atravesando el Cincuentenario bruselense. Miro a través del gran ventanal del salón y cada vez que la luz verde de algún semáforo no muy alejado de aquí se enciende, al menos tres o cuatro coches vuelan hacia el centro de Bruselas con alas rojas y amarillas haciendo más ruido que cualquier vuvuzela. Antes apenas sabíamos lo que eran, y ahora no sabríamos vivir sin ellas… como nos pasa con esa copa que hace unos minutos ha levantado Casillas. Ya es nuestra. Nuestra. ¡Que se quede para siempre!
Hemos tardado todos los años de su historia más 116 minutos en sentir con certeza –hasta el gol de Iniesta sólo lo habíamos hecho con ilusión- que esta final contra Holanda era nuestra. Que el peso del trofeo lo íbamos a medir nosotros. Y ha merecido la pena. No imagino una felicidad más grande que la de cada español orgulloso de ser español tiene ahora. Y todo gracias a este peculiar juego del pañuelo. Porque al final, todo se resume en eso, en un juego en el que, alterando un poco las reglas del tradicional, el que gana es el que consigue que su pañuelo aguante más que el del resto del Mundo. Y el nuestro lo ha hecho hasta el final.
Ha hecho falta lo de siempre en este tipo de entretenimiento de recreo; tener en el mismo equipo no sólo a los más rápidos, también a los más inteligentes. Nunca se sabe qué segundo mal administrado puede cambiar la historia; y si no que se lo pregunten a Robben, al que en el minuto 62 (San) Casillas y en el 83 un poco Puyol, otro poco el desacertado árbitro y otro poco su falta de picardía, le dejaron a centésimas de la gloria. Esa que sí se llevó Andrés Iniesta. Papeles cambiados; centro de Torres al área y recoge Cesc el rechace de la defensa para dejársela a Iniesta. Alguno, poniéndole peros al mago de Fuentealbilla, dirá que hizo sufrir, que se hizo de rogar. No seré yo quien se lo niegue, pues un par de veces durante esta final y varias otras a lo largo del Mundial el único pecado que le he encontrado a este genio, ha sido el de la falta de confianza en su disparo. Pero parece que el seis, como el famoso pulpo Paul, tiene dotes de adivino, y sólo termina apareciendo cuando es consciente de que sus compañeros se olvidaron los goles en el banquillo, el vestuario, o la habitación del hotel. Ya lo hizo frente al Chelsea y lo ha vuelto a hacer en la final del mundial. Los hay que nacieron héroe de profesión. (continúa abajo)

domingo, 11 de julio de 2010

Hasta el 0-1 de ese minuto 116 para la Historia, España ya había dejado tocada a Holanda. La Roja, quitando ese par de mano a mano entre Robben e Iker, y algún latigazo más del holandés, había ganado más envites; y eso, cuando se llega al final del juego, cuando las fuerzas físicas comienzan a fallar, se acaba notando. El primero en avisar fue Ramos en un cabezazo desviado a córner por el portero holandés. Luego llegó Villa con un disparo al lateral de la red, más tarde otro cabezazo de Puyol en un córner nada más comenzar la segunda parte que Capdevila no llegó a rematar en el segundo palo, y algo después, una internada de Navas, cuyo disparo final rebotó en la pierna izquierda de Van Brockhorst y eligió el camino del córner en vez del de las redes… Todos ellos, interrumpidos, una y otra vez, por supuesto, por el silbato del árbitro, algo indiferente, hay que decirlo, al reglamento. Impasible (e imposible) en su papel de juez; El 6, el 3, el 9, el 5, el 11, el 8, el 2… y alguno más que ya no recuerdo.
Y es que, aunque nuestros locos bajitos parezcan un grupo de alevines a punto de jugarse el trofeo de Brunete. Aunque contagien la misma ilusión, desprendan la misma ambición, y recuerden en sus abrazos a un grupo de amigos de 7 años que apenas saben de la vida, de los lados ocultos de los pañuelos, lo cierto es que eran hombres jugándose una Copa del Mundo. Y lo cierto es que, por eso mismo, resulta imposible usar como alegato el siempre recurrente “son niños, tienen que divertirse”. Mucho menos el justificante de que precisamente se trataba de una final de la Copa del Mundo y es un partido difícil de arbitrar. En tal caso, la FIFA debería haberlo tenido en cuenta a la hora de designar el árbitro. Se supone que a la final llegan los mejores, ¿no? Aunque pensándolo bien, y conociendo los antecedentes, quizás Blatter aparezca dentro de unos días pidiendo perdón por las brutales entradas de Van Bommel o el pisotón de De Jong en vertical sobre el pecho de Xabi Alonso.
Desde luego si su estrategia era esa, si querían partirnos con tacos el alma desde el principio, lo llevaban claro. De un tiempo a esta parte el deporte español ha cambiado en cuerpo y alma, y por si hacía falta recordárselo a nuestros chicos, en las gradas estaban Pau y Rafa, Rafa y Pau, que son para el deporte español como Nelson Mandela para el pueblo sudafricano. El pañuelo ya no se cae. El pañuelo ya no se olvida. El pañuelo ya ni siquiera se desgarra si alguien tira fuerte intentando descomponerlo en jirones. Por eso no importaba que ya nos hubiésemos dicho por dentro “preparados, listos” y nos faltase el “ya” para cantar gol en el contragolpe en el que Cesc se quedaba sólo ante el meta rival.
Como el pulpo, como Iniesta, sabíamos, sabían que el gol terminaría llegando. Sólo hacía falta mantener la paciencia. El pañuelo que iba a quedar esta vez era el rojo, amarillo y rojo. Seguro. Y así ha sido. Las banderas españolas siguen ondeando por Bruselas. Les queda una noche larga. Y unos días. Por fin podemos decirlo; España es Campeona del Mundo de fútbol. Y cómo nos queda la estrella en el pecho. Y qué bien le sienta al mundo nuestro pañuelo.

viernes, 18 de junio de 2010

Una amiga me ha pedido un favor, y si algo soy, es servicial con las personas a las que quiero. Como usted me pedirá factura, le diré que si algo tengo, es morro para mezclar cualesquiera dos factores; peras y manzanas o churras y merinas. Y le diré que en el deporte segoviano hay muchísimas Lolitas. Además, el vídeo de mi amiga me recuerda a todo lo que viví en Japón con el Caja; guitarra por balones y escenarios por canchas.
Para que no me amoneste, le sugiero que haga oídos sordos al principio, que eso de apurar el último cigarro y de ya no creer en Dios no es sano para nuestros asuntos; lo primero por lo obvio, y lo segundo porque la fe es lo último que se pierde, y más en el deporte. Yo prefiero creer en todo.
Pero lo que nos ocupa es la esencia de Lolita; esa chica del montón con talento que se pinta de carmín la boca y se calza sus tacones buscando ser cabeza de cartel, anhelando que unos ojos estáticos suyos miren las luces parpadeantes del Schweppes de Callao. Uo…o. Uo-o-o-o...o.
El truco para logarlo, sin embargo, no está en la pasión que imprime el rojo del pintalabios. Tampoco para pisar fuerte hace falta un tacón de esos que hacen ruido al pisar. Lo verdaderamente necesario es la fe ajena; lo que en la música se llama promoción y en el deporte suena tan feo como patrocinio. Yo prefiero humanizarlo, decir que Lolita lo que necesita es creyentes…para que al final la diosa sea ella; ¿por qué no?
Y es que Lolita fue un día aquella idea loca de Pedro Muñoz de hacer un torneo de tenis en su jardín que 25 años después es el mejor challenger del mundo. Lolita era cada uno de esos nombres desconocidos y hoy hombres reconocidos que en él participaron; Nadal, Federer, Del Potro... Lolita, con el rímel corrido y el tacón sin altura, fue la Sego durante años y ahora parece que podría tener algún papel (al menos ya no los pierde)… Pero Lolita, sobre todo, es cada uno de los niños y no tan niños que integran los distintos clubes en Segovia.
Por eso, en época de presupuestos para la próxima temporada, toca creer en Lolita. Que nadie espere aparecer decorando las esquinas de sus carteles en cualquier Gran Vía dentro de unos años si no confía en ella ahora.
Algún día será…

*En relación a este asunto de Lolitas, recomiendo leer la entrevista a Quique Gómez que el otro día publicó El Adelantado.

Y ahora, les dejo con Lolita.

jueves, 10 de junio de 2010

Procuraré que sea de alta gama, aunque como ni soy Trueba ni soy Segurola, no lo prometo; lo más importante para saber qué haces es saber quién eres. Antes de nada, les diré que no seré yo quien les obligue a estar agradecidos, pero fíjense, no les regalo tiempo, sino lo que perdura en el mismo: espacio. Una col.
No se emocionen; que sea desde Bruselas no quiere decir que sea de Bruselas. Esto les permitirá, cuando las segunderas de sus relojes hayan girado lo suficiente como para que de verdad ustedes estén de vuelta de todo (inciso: algunos de nosotros, veo lo veo, digo visto lo visto, dudamos si no lo estamos ya), rectificar tarde y sin remedio (que está de moda), y agradecérmelo con la boca vacía. A mí de pequeña me enseñaron que hablar con la boca llena era de mala educación; ya fuese a decir trisílabos como “Pamplona” o monosílabos como “gol”. Y de trabajar y comer a la vez, ni hablamos.
De todas formas, les felicito por haber logrado la proeza de pronunciar “Pamplona” tantas veces con la boca llena de pasteles, tartas o pastas; han adquirido una habilidad digna de concurso.
Y hablando de competiciones, me viene otra de las razones por las que hoy que, salvo sorpresa, ElPozo se llevará su trofeo, ustedes no se queden sin premio. Y es que a raíz de su concurso, están obligando a aficionados y profesionales a pensar. Sí, sí. Esta es una col ganada por instaurar la filosofía en las canchas; el existencialismo de las pancartas. ¿Qué es una pancarta y qué determina su esencia? Y el existencialismo de algunas jefas de prensa; ya dudamos si son pero no existen, si existen cuando son, o si son cuando aires de grandeza les soplan que existen. ¿Y los periodistas locales?; ¿cuándo somos? ¿cuándo existimos?
De cualquier forma, si por algo se han ganado a pulso esta Col Force, es por su empeño en ofrecer a los televidentes una versión renovada y humanizada de Superman. Capas por zapatillas y kryptonita por televisión. Deberían contratar a Adidas como patrocinador; ya saben, “Impossible is nothing”…
¿Que he sido duriña? ¿Y ustedes?; empezaron siendo una grata sorpresa y han terminado coronándose como el peor equipo de la segunda vuelta.
PD: Que lo pasen bien en Sudáfrica.

 

Y para que vean que soy considerada y que todo esto se lo digo sin rencor alguno, les incluyo en el regalo algo que seguramente no habían visto antes; el primer gol de Mati con el Caja. Que sé que su gracilidad les gusta.

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